CON PROFUNDIDAD Y ALEVOSÍA

QUIQUE GONZÁLEZ

& RUBÉN POZO

Juntamos a estos románticos del rock and roll para charlar de sus discos, su oficio y la importancia de las canciones

POR ARANCHA MORENO

Llaneros solitarios criados al fragor del rock madrileño, bebiendo de Sabina, Burning o Enrique Urquijo tanto como de Bob Dylan. Así son Quique González y Rubén Pozo, dos tipos que debutaron en los noventa, uno en solitario y el otro con Buenas Noches Rose antes de Pereza. El primero nacido en 1973, como reza su nuevo álbum, y el segundo de 1975, como confirma en 50town. Son la generación X, la olvidada, los últimos románticos. Dos chavales que escuchaban vinilos con los dedos marcados por las cuerdas de sus guitarras mientras soñaban con, ojalá, escribir una buena canción.


Empezaron a cruzarse en bares y escenarios a finales del siglo pasado, y hoy vienen del mismo lugar. Se han encontrado por Alonso Martínez en Madrid y, por qué no, han compartido una birra antes de entrar en el majestuoso Palacio de Longoria. Suben la escalinata de SGAE contándose aventuras, hablando de colegas, admirando el disco del otro. Se han esperado mutuamente para cuadrar agendas y lograr que este atípico encuentro, en medio de la vorágine vital y promocional, sea posible. Se miran con una complicidad antigua mientras presentan uno de los mejores álbumes de sus respectivas carreras. Canciones que, a buen seguro, inspirarán a las futuras generaciones para seguir prendiendo la llama del rock and roll.

Aristócratas del rock en un sofá Luis XV

Estáis de gira con vuestros nuevos discos, publicados ambos en el trecho final de 2025. ¿1973 (de Quique) pone el foco en el origen, en la casilla de salida, y 50town (de Rubén) en el destino, en la casilla de llegada?
Rubén
: Más que la llegada, es el presente [ríe], espero que quede un poco más ahí adelante. No hemos tenido la misma idea, pero sí el carácter numérico:1973, el 50… Nunca había puesto una cifra en los discos, y celebro que he llegado a los cincuenta años. Por otro lado, me encanta el 1973 [le recuerda, dice, al 1972 de Josh Rouse]. Yo soy del 75, y a Quique siempre le he visto como el hermano mayor que no tengo.


Quique: Los dos miramos cómo estamos ahora con todas las cosas que han pasado en estos más de 25 años. Rubén lleva más tiempo que yo, desde Buenas Noches Rose. Coincidimos en cómo nos vemos ahora con las cosas que han pasado, y cómo afrontamos lo que viene. Nos paramos a ver cómo estamos y cómo asimilamos los nuevos tiempos, y cómo nos ubicamos en el contexto que vivimos.


Cuando empezasteis a hacer canciones, ¿qué era la música entonces para vosotros: un juego, una ilusión, un sueño…?
Quique:
Una obsesión antes casi de coger la primera guitarra. Me llamaba muchísimo la atención, y como tuve la inmensa suerte de empezar a tocar en sitios, y hacer mis canciones, esa obsesión aumentó todavía más. La mayoría de los que nos dedicamos a esto somos fans de la música y queremos expresarnos de la manera que lo hicieron y lo hacen nuestros ídolos. Para mí siempre ha sido mucha obsesión, una cosa en la que no dejas de pensar.


Rubén: Antes de saber tocar la guitarra escuchaba música y decía: ¿Qué es esta cosa alucinante que me deja clavado en el sitio? ¡Una canción! Cuando empiezas a tocar y ves que tienes los mínimos de ritmo, de oído, que no te cuesta sacar canciones, que puede haber algo… la obsesión continúa. Empiezas a hacer canciones. Las primeras eran muy malas, pero decía, voy a trabajar esto al cien por cien, a ver si algún día hago una canción como las que me han traído hasta aquí.

QUIQUE GONZÁLEZ


Con casi treinta años de carrera discográfica y quince álbumes, dos de ellos en directo, el madrileño Quique González es uno de los autores más respetados de la escena española. Tras debutar con Personal (1998), fidelizó a su público con trabajos tan esenciales como Salitre 48 (2001), Pájaros mojados (2003), La noche americana (2005), Daiquiri blues (2009) o Me mata si me necesitas (2016).


De gira con 1973, algunas de sus próximas paradas son Almería (20 de febrero), Málaga (21 de febrero), Salamanca (27 de febrero), Ferrol (28 de febrero), Granada (14 de marzo), Barcelona (20 de marzo), Valencia (21 de marzo) y más.

“ESA MAGIA, NO SÉ SI NEGRA O BLANCA, EXTRAÑA”


Rubén empezó escuchando música anglosajona hasta que descubrió a Radio Futura, Antonio Vega o Rosendo. “Dije, ¿qué es esto? Me suenan peor que los Beatles y los Stones, pero entiendo lo que me dicen. Esto es lo que llaman poesía, porque estos versos me dejan clavado”. Él también quería crear “esa magia, no sé si negra o blanca, extraña” que empieza con una canción.

De rule por el lado cancionista de la vida

Antes de vuestras trayectorias solistas, Rubén militó en Buenas Noches y Pereza, y Quique, fugazmente, en Dick Turpin. ¿Cómo forja el carácter crecer en una banda?
Quique:
Yo lo primero que quise fue formar una banda, y como la banda que tuve se desintegró al tercer concierto, me vi un poco obligado, por logística, a tocar yo solo en bares con mi acústica. Todo tiene su lado bueno y su cara B. Una banda no suele funcionar más de diez años, y en la historia están los datos: Beatles, The Band… Es muy bonito que sea una cosa corporativa, pero muy difícil que [un grupo de personas] tengan el foco en el mismo sitio, les interese la misma música y quieran llegar a un lugar común, y que compartan una ambición. Es complicadísimo que eso suceda durante muchos años. No me puedo separar de mí mismo, pero a veces…


Rubén: A veces lo harías [ríe].


Quique: A veces he tenido la ilusión, la tentación de apartarme un poco del micro y no estar todo el rato cantando mis cosas. Cuando hice la gira con Lapido [Soltad a los perros, en 2014] me sentí parte de una banda y fue increíble, estar solo tocando la acústica, detrás, con unas canciones espectaculares… Me hizo mucho bien y es lo más cerca que he estado de tener una banda. En muchas partes siento que es así, porque me gusta compartir con los músicos, que haya libertad creativa y se expresen libremente. Pero siempre he tenido la tentación de formar parte de una banda, así que, si algún día me canso de mí, que quizá tampoco estoy muy lejos, igual llamo a Rubén para hacer algo, y a otro par de amigos.


Rubén: Será un placer. Estamos en solitario, pero yo no me siento solo. Sale tu nombre y tu cara, pero para mí cambiar a un músico es traumático. [Mira a Quique] Él siempre me ha parecido un valiente. Empieza y se llama Quique González y tiene veintipocos años. Joder, qué huevos. Yo empiezo con unos colegas del instituto y la cosa crece, nos fichan para grabar un disco… No me lo pude plantear. Esa valentía la pillé a los 36, 37 años, cuando acaba Pereza y di mi primer concierto en solitario sin banda, con una acústica y mis canciones en el Búho Real. Pocas veces he estado más nervioso. Con 22 años no me habría puesto ahí solo ni de coña.

RUBÉN POZO


Tras pasar por la banda de culto Buenas Noches Rose en los noventa y conocer el éxito masivo con Pereza, gracias a discos como Algo para cantar (2003), Animales (2005) o Aproximaciones (2007), Rubén Pozo inició su carrera solista en 2012 con Lo que más. En este capítulo ha alumbrado álbumes como Habrá que vivir (2017), Mesa para dos (2019, junto a Lichis) o el recién editado 50town.


Podrás verlo próximamente en ciudades como Cáceres (20 de febrero), Badajoz (21 de febrero), Granada (27 de febrero), Córdoba (28 de febrero), La Laguna (7 de marzo), Barcelona (14 de marzo), León (19 de marzo) o Burgos (21 de marzo).

IVÁN, XOEL, LEIVA Y LOS DEMÁS


La primera vez que Quique y Rubén se encontraron fue saliendo de un concierto de Bruce Springsteen, en el estadio de La Peineta, donde jugaba el Atleti. Fue en 1999. Recuerdan cruzarse también en un festival de la Fundación SGAE (entonces todavía Fundación Autor), donde Pereza y Quique González compartían cartel con Elefantes en el Chesterfield Café, en Madrid. Entre conciertos y cervezas, se estrecharon en el corazón unos lazos que terminaron de anudar en Buenos Aires, cuando participaron en el Laboratorio Ñ, impulsado también por la Fundación Autor en 2005. Entonces, Quique González y Pereza convivieron dos semanas en una casa estudio con Xoel López, Iván Ferreiro y Amaral, con la implicación de artistas argentinos como Lisandro Aristimuño, Los Súper Ratones o Kevin Johansen.

El piano de fondo y Rubén, atentos a Quique

En el libro Quique González: conversaciones (2022), me dijiste que te gustaba pertenecer al club de Xoel, Rubén, Iván y Leiva. Rubén, ¿tú también sentías esa identificación?
Rubén: Si me metes en ese saco, encantado, con amigos y gente talentosa a la enésima potencia. Lo que nos reímos en El Cielito, en Buenos Aires… Hicimos mucha música, nos mezclamos todos con todos. Es de los picos altos en mi vida, Laboratorio Ñ.


Quique: Partió de Iván, como casi todo, porque es un conspirador. Me sigue gustando mucho que nos pongan en la misma frase. Todos llevamos un montón de tiempo en esto, nos hemos cruzado tantas veces y hemos pasado por los mismos sitios durante tanto tiempo que es como hacer la mili con amigos. No sé si el público, cuando pasen los años, hablará de nosotros en forma grupal.


Hace años grabasteis juntos canciones de Pereza(“Si quieres bailamos” y “Yo nací para estar en un conjunto”). Hoy día las colaboraciones parecen gobernadas por otros intereses. ¿El oficio pierde su esencia cuando deja de organizarse en el local de ensayo o el bar y se diseña en un despacho?
Rubén:
Las colaboraciones, sean de corazón o porque todo el mundo alrededor lo ve a huevo, cuando se hacen con honestidad o porque entra solo, sin calzador, bien. Aunque lo otro no está mal; cada uno hace lo que quiere y lo que puede. Este es un país libre y estamos haciendo canciones, pero mola que las cosas ahora, que cada vez hay más plástico y corchopán, salgan de la honestidad o la diversión. Que sea la excusa perfecta para tomarnos unas cervezas. Eso ya me parece legítimo y lícito.


Quique: Yo necesito eso, por lo menos haberme tomado una cerveza con quien voy a colaborar, y conocer lo que hace, supongo que por mi timidez y por no meterme en jardines. A veces me han pedido colaboraciones en las que, sinceramente, no voy a aportar nada. Tiene que haber una cosa de piel, haber pasado algo con esa persona, que exista una admiración mutua, aunque sea. Si no, me da un poco de estrés. Las colaboraciones tienen que tener un sentido de verdad, un aporte desde los dos sitios.


Confesión repentina: “Cuando escucho ‘colabo’ tengo la sensación de que se mueren tres marineros en Finisterre. Y de una manera horrible”, suelta Quique. Rubén lo celebra entre risas: “Me encantan el cocido madrileño y el helado de vainilla con gofre, pero no se me ocurriría mezclarlos”.

Quique, honestidad sin trampas ni atajos

¿Con qué actitud afrontáis el oficio ahora, que conocéis los sinsabores del negocio?
Quique:
Cada vez me comparo con menos gente, intento que mi ambición esté en la canción que escribo, olvidarme del resto de cosas. Intento cuidar mi entorno porque es lo único que puedo cuidar, no sé cómo funcionan los mecanismos de la industria discográfica ahora, las estrategias de las compañías cuando fichan a un chaval. Probablemente no difieran mucho de lo que hacían hace 25 años, pero ahora pasan cosas que no entiendo y tampoco tengo ganas de comprender.


Rubén: A la pregunta de cómo veo la industria, no tengo ni idea. Una tarde, un tipo o una tipa con la guitarra y el cuaderno, o el piano, y ahí empieza todo. No sabemos lo que cambia, pero cuando sale una canción que nos gusta nos da una felicidad…


Quique: La mayor felicidad de todo el proceso, ¿verdad?


Rubén: Empieza todo ahí, un tipo solo en su casa, una tarde cualquiera. Sale un verso, empieza a tirar, le gusta… Gracias, dioses, porque, como decía Sabina, aún me excita mi oficio. Siempre lo he relacionado con la creación, cuando te gusta una canción y se la quieres enseñar al mundo. A los tres días estamos igual…


Quique: Afortunadamente, dura poco [ríe].


Rubén: Lo bueno dura poco, pero lo malo también. Y está bien, porque las mierdas se acaban diluyendo. Compro ese trato de la vida en el planeta Tierra: que todo es efímero para lo bueno y para lo malo.


Vuestras carreras rondan los treinta años, con picos y valles. ¿Cuál ha sido vuestro Everest, el mejor momento que habéis vivido en la música?
Quique:
Ayer, escuchando una canción nueva que grabamos antes de ayer. Es la felicidad absoluta.


Rubén: ¿Una nueva, que no está en 1973? Qué cabrón.


Quique: Escucharla diez veces seguidas me da una seguridad increíble, pienso que he renovado mi licencia para seguir dedicándome a la música dos años más. Ese momento solo tuyo, que estás soñando con la canción y piensas “todavía te sale”, es la felicidad absoluta. Me dura menos de lo que me gustaría, pero es como cuando estás muy enamorado de alguien, si durara toda la vida te daría un ataque al corazón. Con las canciones pasa lo mismo. Sería enfermizo si dentro de dos años me siguiera dando lo que me daba ayer, pero esos picos de felicidad, de terminar una canción que te gusta, me hacen sentir pleno. Ese momento, para mí, es lo máximo.


Rubén: Yo llevo cuatro semanas que no me sale nada y tampoco lo he intentado, mi cabeza no está en eso. Qué cabrón, se cubre las espaldas. Yo tengo cuatro o cinco de hace meses, me encantan, pero la ilusión se me ha pasado ya. Pero él tiene una de ayer, qué cabrón. Tengo ganas de escucharla.


Quique: Luego te la pongo.

“No sé si por la edad, el optimismo se está colando en mi vida. Me gusta mucho la oscuridad, pero me he cansado un poco” (Rubén Pozo)

“Solo se trata de sobrevivir con lo que llevas dentro”, canta Quique en “Cheques falsos”. Rubén, en “Dispárame”, tira de ironía: “Todo pinta bien, qué raro”. ¿Son actitudes vitales que reflejan la vida, el oficio…?
Quique:
Creo que están mezcladas las dos cosas, pero algo inherente al oficio que compartimos: la resistencia pura y dura. Hay momentos que te va superbién y otros de valle. Esto no es sota, caballo y rey, aquí hay muchos intangibles y al final sobrevivimos con lo poco o lo mucho que tenemos. Me lo dijo Enrique Urquijo en El Rincón del Arte Nuevo: “En este oficio vales lo que vale tu último disco”. He pensado en esa frase mucho tiempo. Tienes tu guitarra, un papel, un bolígrafo y una mesita. Si eso funciona, y tú tienes herramientas dentro para hacer algo bonito, continuarás haciendo canciones. Lo más importante de todo son las canciones. No la voz, ni cómo te vistes, ni la promo que haces. Eso puede ayudar, pero, si no hay canciones chulas, puedes llamar a los mejores músicos del mundo, que es imposible que las hagan sonar.


Rubén: Cuando se sube el telón y sales ahí no hay dónde esconderse. “Todo pinta bien, qué raro” es una gracieta, soy de alma pesimista, alma de lamento, como dice El Último de la Fila, pero, no sé si por la edad, el optimismo se está colando en mi vida. Me gusta mucho la oscuridad, pero me he cansado un poco. Como decía George Harrison, “beware of darkness”, cuidado con las tinieblas.

“NO VAMOS A DEJAR QUE ESTO PARE AHORA”


Pozo explica a González lo de la madera con pelos

La imagen que dibuja Rubén es vintage: “Se sube el telón y vas con una guitarra, una tecnología de hace siglos, analógica total, un cacho de madera con pelos de metal y lo que hayas hecho tú en tu casa y en el local, no hay nada más. Cada disco te puede mantener en este tirar para arriba o llevarte al hoyo. Urquijo tenía razón. Ya no el último disco, la última canción”. Es jodido, el oficio. Pero, como recuerda Quique citando a Van Morrison, “no vamos a dejar que esto pare ahora”.


Para algunos, sí para. Sabina ha dicho adiós a los escenarios, vuestros héroes se van retirando. ¿Os genera cierta orfandad?
Quique:
Cuando Serrat o Joaquín se retiran nos dejan un poco huérfanos, pero nos han dejado un cancionero que no vamos a ser capaces de asimilar en nuestra vida. Sus vivencias están en sus canciones, que siguen sonando. Cuando empezaba en esto, Sabina y Serrat tendrían la edad que tenemos nosotros ahora y me parecía que ya tenían una carrera legendaria. A los Stones se les daba caña por seguir tocando rock and roll con cincuenta años.


Rubén: Cuando empezábamos, veíamos fotos de los Stones y decíamos, joder, qué viejos están. Ahora los veo y pienso que estaban de puta madre. Hay cierta transgresión en decir tu edad, en este mundo hay mucho culto a la juventud y se escucha cada vez menos al jefe de la tribu, que es el que sabe por dónde cinta el búfalo y prepara la mejor pipa por la noche.

“Nos gusta manosear los objetos, el olor a biblioteca de algunas guitarras antiguas (…). Somos una generación más fetichista” (Quique González)

En “Los que ya no están” y “Coleccionistas” retratáis, Rubén y Quique, un mundo que se diluye, de héroes que desaparecen y generaciones con apego a lo material. ¿Os sentís los últimos románticos, algo así como la orquesta del Titanic?
Quique:
No tanto, pero nos gusta manosear los objetos, las guitarras, el olor a biblioteca de algunas guitarras antiguas. Eso no se lo puedes explicar a gente de 25 años a no ser que lo vivan en casa. Somos una generación más fetichista. Supongo que ellos, dentro de 20 años, escucharán la música de una forma que se están inventando ahora [“en Sillicon Valley”, completa Rubén, y ambos ríen]. Vamos a seguir almacenando pósteres y vinilos, y mi hija, cuando sea mayor, me preguntará dónde voy a meter todo esto.


Rubén: A mí me pone cachondo mi colección de discos. Me sienta bien verlos ahí. Cuando éramos niños costaba más escuchar un disco, tenías que comprarlo o conocer a alguien que lo tuviera. Yo necesitaba gurús. El algoritmo de Spotify me dice cosas buenas, pero no es mi gurú. Mi gurú es una novia, un amigo, un compañero de clase. El Último de la Fila es Sonia, mi segunda novia del instituto. He llorado en tres conciertos en mi vida y uno fue la despedida que hizo El Último de la Fila en el Palacio de Deportes [hoy Movistar Arena]. Hicieron varias fechas allí, a lo Dani Martín. Echo de menos al gurú musical que te da un disco. Cuando se asocia a una persona es imbatible.

Quique y Rubén, cumbre de cancionistas

Escribís sobre el amor en “Garabato”, “50town”, “S.T.U.P.E.T.”… ¿Da menos pudor a los 50 que a los 20?
Quique:
Es una buena pregunta, no lo sé.


Rubén: La sinceridad no supone una buena estrofa. No por ser más valiente vas a ser mejor. Valoro la valentía, pero un verso que entiendo seis meses después me gana.


Quique: Cuando Rubén dice “te quiero” en “50town” me mata de ternura, me encanta escucharle cantar esto. Puede que cuando empezábamos nos diera más vergüenza decir “te quiero”, por los colegas. Ahora no lo pensamos.


Rubén: Escribí ese verso y pensé: “Ya lo cambiaré”. Pero hubo un momento que dije sí. Con 20 años me daba corte, lo decía de otras maneras. Tengo versos más importantes que currarme, este que quede claro, cristalino y sin doblez.


Estáis de gira y Rubén le ha puesto un nombre genial a su banda, Los Chicos de la Curva, pero la de Quique está sin bautizar. ¿Por qué?
Rubén: Estoy enamorado de la banda, hacen sonar las canciones que te mueres. Yo llevo la voz cantante, pero tenemos micro los cuatro, nos ponemos en línea, en horizontal. Nunca había puesto nombre a la banda, Quique lo había hecho incluso para titular discos, y me mola. Unos Heartbreakers, una Aristocracia del Barrio… Loza sugirió llamarnos como una canción mía, “La chica de la curva”. A todo el mundo le encanta Los Chicos de la Curva. Me suena barrial, me suena bien.


Quique: No le he puesto nombre a esta banda porque, cuando lo he hecho y se ha ido alguien, ya no tenía sentido. Vivimos en un país muy pequeño y los músicos tienen que tocar en proyectos diferentes, y no quiero forzarlo poniendo un nombre, que les salga una gira con no sé quién, me abandonen y me quede solo con el nombre de la banda. Pero la importancia se la das en el estudio de grabación, en el ensayo y en cómo les pagas, en las condiciones que tienen. Que no se coman un hotel de dos arañas y, en el camerino, la tortilla de Carrefour. Ellos sienten que están en una banda, funcionamos como una banda.

Momento jocoso de la entrevista con Arancha Moreno

De repente, Rubén reconoce que no logró entrar en Rough and rowdy ways (el último disco original de Bob Dylan, de 2020) hasta que lo escuchó un día, tranquilamente, en el porche de su casa: “Es una foto de los sesenta increíble, y quién mejor que él para hacerla. Habla de los Beatles, los Stones, Kennedy… Los ha conocido, se ha fumado porros con ellos en habitaciones de cinco estrellas o en el callejón, con los vagabundos”.


Hay un punto de enganche con Dylan. Cada uno en su trinchera, bien acompañados, Quique y el propio Rubén tampoco habitan en el pasado de sus discos icónicos. “Forzar la máquina para intentar algo que no te va a salir, para gustarle a gente que conectó con un disco que hiciste hace 20 años, me parece deshonesto. Lo honesto es hacer un disco que te represente hoy”, defiende Quique.


Con el pasado sobrevolando la estancia, los amigos se levantan y se abrazan. Quique pasea los dedos por el piano que hay a su espalda, espolvoreando unas notas en el aire. Ninguno se ha anclado a la juventud y a sus cincuenta dignifican el oficio a base de cariño, actitud y talento. Y ahí siguen, disparando grandes canciones.

Firma invitada

Arancha Moreno es una de nuestras entrevistadoras favoritas para asuntos musicales y aquí está en su salsa. Si quieres leer más de ella, visita la página de Walls en este mismo número y consulta ahí su bio

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Luis Camacho

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ANUK CIERRA ‘INDRETS SONORS’

Mariola Vila y Manu Valero son Anuk

El ciclo Indrets Sonors, convocado por la Fundación SGAE a través del Consejo Territorial SGAE en la Comunidad Valenciana, cierra su undécima edición. El dúo Anuk echará el pestillo con un concierto en la Sala SGAE Centre Cultural de Valencia (C/Blanquerías, 6) este 26 de febrero. Será la última actuación de una serie en la que también han participado Anna Millo, Gynebra, Juan Cortés y Alejandro Rizo.


Indrets Sonors quiere fomentar la música en directo y promocionar las creaciones de música urbana y popular de la Comunidad Valenciana. A lo largo de los años, por este ciclo han pasado alrededor de 70 artistas y formaciones de los más dispares estilos, como Tórtel, Òscar Briz, Reina Roja, Atlàntic, Fraskito, Mara Aranda, Javier Feltrer Quartet, Maronda, Carolina Otero, Nacho Casado y Ela Vin, por citar algunas.