AHORA MISMO

LALI AYGUADÉ

La coreógrafa catalana estrena ‘Inestable’, que explora la tensión que surge entre lo que mostramos y lo que somos

POR ALBERT MARTÍ

La coreógrafa y bailarina Lali Ayguadé (Barcelona, 1980) atraviesa un momento de madurez creativa marcado por el trabajo en equipo y una investigación cada vez más profunda sobre el cuerpo, el tiempo y la fragilidad contemporánea. Tras años de trayectoria internacional, Ayguadé consolida un trabajo de largo recorrido junto a un equipo estable con el que crea Inestable, una pieza que habla de la tensión entre lo visible y lo oculto, entre el control y la caída, entre la máscara y aquello que el cuerpo no puede dejar de decir. Tras el debut en el TNC de Barcelona (6 a 15 de marzo), ha anunciado ya próximas fechas en el Centro Danza Matadero de Madrid (24 y 25 de octubre).


En esta conversación extensa y serena en una de las salas de ensayo de la Fàbrica de Creació Fabra i Coats de Barcelona, Ayguadé reflexiona sobre el proceso creativo, la relación con la tecnología, la precariedad del sector, la memoria corporal, la intuición como motor artístico y la necesidad de seguir creando en comunidad.


¿En qué momento personal y creativo te encuentras ahora mismo?

Diría que estoy en un momento muy intenso, que me llena mucho, y a la vez muy bonito. Estamos a punto de estrenar Inestable en el Teatre Nacional de Catalunya, trabajando con el mismo equipo con el que hice Hidden [2020]. Esta continuidad transforma absolutamente el proceso: no partimos de cero, sino de todo un recorrido compartido, de conversaciones, de horas de sala, de funciones y de experiencias vividas juntos. Cuando conoces a las personas con las que trabajas, sus fragilidades, sus impulsos, sus miedos y la manera en que entran en el cuerpo, puedes llegar mucho más lejos. Hay días en los que el proceso avanza con claridad y otros en los que todo se sacude y parece que nada encaje. Pero es precisamente en esos momentos de temblor cuando se abre un espacio de preguntas muy valiosas: qué queremos decir realmente, qué lugar ocupa el cuerpo en todo esto, hasta dónde podemos arriesgar. Me gusta ese lugar donde no todo es estable ni controlado. Es exigente, pero está vivo.

Ayguadé, coreógrafa y equilibrista

Pasaste muchos años trabajando fuera. ¿Qué te llevó a marcharte? ¿Qué te hizo volver?

Me fui muy joven, en un momento en el que aquí había pocas oportunidades reales para dedicarse plenamente a la danza contemporánea. Viví en Bruselas y en Londres, trabajé con compañías y creadores muy distintos, y todo eso te impregna. Aprendes maneras de trabajar diversas, relaciones diferentes entre intérprete y creador, estructuras de producción, otros ritmos y otras lógicas. Todo eso queda inscrito en el cuerpo: la manera de entrar al ensayo, de escuchar al otro, de entender el tiempo del proceso… pero al mismo tiempo siempre tuve claro que mi casa era Barcelona. Cuando me preguntaban, ¿dónde está tu casa?, siempre respondía lo mismo. Quería volver, pero no solo para vivir aquí: quería crear desde aquí, construir una continuidad, establecer un espacio de trabajo en el que las piezas no fueran solo proyectos aislados. Por eso era importante formar un grupo y crecer juntos a lo largo de los años. No me interesa un equipo que cambia constantemente; me interesa una comunidad artística. También me gusta mucho rodearme de perfiles diferentes: bailarines, una cantante, un actor, colaboradores de otras disciplinas… No están para ilustrar la pieza: están porque hacen crecer el pensamiento, porque aportan miradas y lenguajes que tensionan la creación.


¿Cómo describirías tu lenguaje coreográfico?

Es difícil definirlo, porque está en transformación constante, pero hay elementos que regresan. Hay una teatralidad muy presente, aunque no trabajamos con una narrativa clásica con principio y final. La teatralidad nace del cuerpo: del peso, de la respiración, de la tensión muscular, de las relaciones que se establecen con los demás. También trabajo mucho con la idea de constelaciones: cómo se disponen los cuerpos en el espacio, qué distancias hay, qué jerarquía se crea sin palabras. La misma imagen puede tener sentidos completamente distintos según dónde la coloques. Cuando todo eso entra en movimiento, aparecen fricciones, intimidades, resistencias. En el contacto hay mucho discurso: cómo te tocas, con qué fuerza, con qué cuidado, con qué violencia contenida. De ahí nace no solo la calidad del movimiento, sino también la carga emocional de la escena. Déjame decirte que no trabajo desde el decorativismo ni desde la forma pura. Necesito que aquello que ocurre en el cuerpo tenga una razón de ser.

LALI AYGUADÉ


Lali Ayguadé llegó a la coreografía después de una intensa trayectoria como intérprete de danza contemporánea en el escenario europeo. Formada en el Institut del Teatre de Barcelona y en P.A.R.T.S. (Bruselas), su cuerpo ha pasado por universos tan distintos como los de Akram Khan, Hofesh Shechter, Peeping Tom o La Veronal. Desde 2013 empezó a construir una voz propia como creadora, que se concretó en obras como Kokoro (2015), IUANAH? (2017) o Hidden (2020), atravesadas por la identidad, la vulnerabilidad y la relación con el otro.


Su nueva creación, Inestable, es otra muestra de danza física y precisa, pero también íntima y emocional que se estrena el 6 de marzo de 2026 en el TNC de Barcelona.

MÁSCARA VS. VERDAD

En la obra de Lali Ayguadé aparece, a menudo, la tensión entre dentro y fuera, la máscara y la verdad. “Sí, porque es una tensión muy presente en la vida de todos”, explica. “Adoptamos máscaras para protegernos, por miedo, por supervivencia. No siempre son negativas; a veces son necesarias. Pero hay momentos en que esas máscaras se vuelven tan gruesas que ya no sabemos qué hay debajo”.


¿Cómo se recoge eso en Inestable, la pieza que ahora estrenas?

En Inestable existe este juego constante entre un dentro más abstracto, más vinculado a la tecnología, a esa mirada externa que observa y registra, y un fuera más directo, más desnudo. La escenografía tiene un papel fundamental: hay ventanas, aperturas laterales, paredes que delimitan dónde ocurre lo que vemos. Estas perspectivas condicionan lo que se muestra y lo que queda oculto, y eso tiene mucho que ver con cómo vivimos hoy: constantemente vistos, registrados, interpretados. Por eso creo que el cuerpo, cuando está en escena, siempre dice alguna verdad. El cansancio no se puede fingir, la respiración no se puede fingir, el temblor no se puede fingir. Aunque haya interpretación, hay una verdad física que atraviesa la pieza.


¿Cómo conviven esa verdad física y la imaginación?

El cuerpo es real y tiene límites muy claros. Cuando se lesiona, cuando dice basta, no hay metáfora que valga. Pero al mismo tiempo hay una parte que no puedo explicar solo con palabras: la manera de afrontar el dolor, el miedo, la incertidumbre… o la manera de entrar en la creación. Creo mucho en la intuición. Hay decisiones que se sienten en el cuerpo antes de poder formularlas con palabras. Si reducimos todo al plano racional, matamos una parte muy importante del proceso creativo. Me interesa ese diálogo constante entre realidad física e imaginación, entre lo que podemos hacer y lo que todavía no sabemos que podemos hacer.

La inestabilidad es uno de los valores más estables de las sociedades avanzadas

“EL TIEMPO ES UNA EXPERIENCIA”

El tiempo está muy presente en la obra de Lali Ayguadé, también. “Vivimos en un tiempo acelerado”, afirma; “todo debe ser rápido, productivo, eficiente. Pero el tiempo es relativo, y a menudo lo hemos convertido en una estructura de presión”.


¿Cómo lo piensas desde la creación?

Los procesos creativos necesitan respirar. Con este grupo llevo años trabajando y ahora veo claramente qué significa eso: no es solo conocimiento técnico, es confianza, lenguaje compartido, memoria corporal. En la pieza hay intérpretes de edades distintas, y eso hace que la relación con el tiempo sea plural: la urgencia, el deseo, el límite físico, la proyección… todo cambia según el momento vital. Esta convivencia de edades y miradas me interesa mucho. Siempre pienso que el tiempo no es solo una duración; es una experiencia.


El paso del tiempo, las lesiones, ¿han cambiado tu mirada sobre el cuerpo?

Sí. Una lesión importante te cambia la perspectiva. Cuando eres joven crees que el cuerpo aguantará siempre; después entiendes que no es así y que hay que escucharlo con mucha más atención. Sigo bailando, pero también me he abierto mucho a la dirección y al diálogo con otros lenguajes. En esta pieza hemos trabajado la escenografía desde el inicio y eso ha reconfigurado toda la dramaturgia. Con la música hemos trabajado en residencia, explorando texturas y silencios antes de que el movimiento llegara. La pieza es un organismo y cada elemento tiene peso propio.

En el ensayo de Inestable (a Lali no van a hacerle un mataleón)

La pieza habla del presente sin convertirlo en un discurso explícito.

Sí, porque no me interesa hacer panfleto. No quiero decir al público lo que debe pensar. Prefiero generar una experiencia desde el cuerpo, desde las relaciones y las situaciones que se dan en escena. Vivimos rodeados de tecnología, de exposición constante, de dispositivos que nos observan, nos clasifican, nos filtran. No quería hacer una pieza llena de efectos tecnológicos; me interesa mucho más qué le ocurre al cuerpo cuando convive con todo eso. Cómo reacciona, cómo se defiende, cómo se rompe, cómo busca un espacio de libertad. El cuerpo es el lugar donde todo eso se vuelve visible.


Háblame de este cuerpo en la sala de ensayo.

Partimos siempre de él y de la singularidad de cada intérprete. No pido que hagan lo que yo haría, sino que reaccionen desde su propio lugar, desde su historia corporal. Trabajo mucho a partir de situaciones, juegos y consignas que abren estados. De ahí emerge material que después organizamos y depuramos, pero intentando no perder la vida que tenía al principio. Entrar en cuerpo lo hacemos todos: también la cantante, el actor, los colaboradores. No pienso que el cuerpo pertenezca solo a los bailarines. Todo el mundo tiene cuerpo, todo el mundo puede activarlo, y eso crea un espacio muy democrático dentro del proceso y, en esto, la escucha es clave.


Esta manera de crear implica mucha colaboración real.

Sí. Hay dirección, claro, pero no hay una verticalidad rígida. Con muchos de los intérpretes he compartido escenario, dúos, giras, y eso crea un vínculo muy profundo. Creo mucho en rodearme de gente muy buena para que no solo ejecute una idea, sino para que la cuestione, la haga crecer, la lleve a lugares a los que yo sola no habría llegado. Cuando el grupo se apropia de la pieza, la pieza empieza a respirar de otra manera.

“Vivimos en una época de inestabilidad constante: tecnológica, emocional, social”

¿Por qué el título Inestable?

Porque creo que vivimos en una época de inestabilidad constante: tecnológica, emocional, social. Hay normas que todavía no entendemos del todo, hay una sensación permanente de provisionalidad. Me interesa mucho ver cómo eso se manifiesta en el cuerpo: un cuerpo que vacila, que busca apoyo, que oscila entre sostenerse y caer. Esa tensión está muy presente en la pieza.


Esto también conecta con la precariedad del sector de la danza.

Sí, especialmente para la gente que empieza. Hay mucho talento y pocas oportunidades estables. Las temporadas son muy cortas: a veces dos funciones y ya está. Cuando tienes ocho funciones seguidas, la pieza realmente crece. La primera es un choque, a partir de la segunda empieza a vivir, a afinarse, a encontrar lugares nuevos. Pero muchas veces ese tiempo no existe y eso también forma parte de nuestra realidad.

LA IMPERFECCIÓN VIVA, LA QUE DEJA HUELLA

Tejiendo la red de confianza

“Todavía existe, en algunos contextos, la percepción de que hay que irse fuera para ser valorada”, dice Ayguadé. “Pero hay mucha danza que ha nacido y crecido aquí, y mucha gente que ha hecho un trabajo enorme desde el territorio. Yo me fui porque en aquel momento no había tantas opciones. Ahora el contexto ha cambiado, aunque todavía queda camino por recorrer para que la continuidad sea real”.


¿Cómo vives los premios y los reconocimientos?

Son una alegría, porque alguien te está diciendo que el trabajo ha resonado, que ha tenido sentido. No creo en la mejor pieza, porque no se puede medir el arte así. Pero, cuando hay un reconocimiento, lo agradezco. A veces también abren puertas y permiten que las piezas se vean más. Y eso es importante, porque las obras necesitan ser vistas para seguir viviendo.


¿Qué pregunta te acompaña cuando creas?

La pregunta es cómo sentir realmente a las personas que están en escena. Busco que estén vivas, que algo circule a través de ellas. La vida tiene contrastes: luz, oscuridad, humor, fragilidad, y me gusta que todo eso aparezca. No me interesa la perfección pulida. Me interesa la imperfección viva, aquella que deja huella.


¿Hacia dónde te gustaría abrir caminos en el futuro?

Me siento muy fascinada por el clown. Me impone respeto, porque llego tarde, pero me interesa mucho esa combinación de fragilidad y humor. También me interesa seguir explorando la manipulación del sonido, del vídeo, de los espacios sonoros. Pero, pase lo que pase, el centro seguirá siendo el cuerpo. Es el lugar donde todo comienza y adonde todo vuelve.

Firma invitada

Albert Martí Panadès (Esplugues de Llobregat, 1989) es gestor y comunicador cultural. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra y máster en Periodismo y Comunicación Digital por la Universitat Oberta de Catalunya y en Gestión Cultural por la Universitat de Barcelona. Fue jefe de contenidos de Teatralnet y parte de la redacción de Revista Godot en Cataluña. Ha colaborado con medios como Time Out, Cadena SER, Ràdio4, TeatreBarcelona o La Directa. Como gestor cultural ha trabajado para instituciones y entidades como el CoNCA, el teatro Atrium de Viladecans, el Festival Al Carrer, La Puntual y Recomana, entre otros.


En nuestro número anterior tuvo una conversación entretenidísima con Berta Prieto. Recuérdala aquí.

Fotografías

Ilde Sandrin (apertura y foto equilibrista)

Lorenzo Scutt (ensayos y vídeo)

Enlaces

​​​​​​​Lali Ayguadé Company

Inestable / TNC


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