
Vivimos un mundo memetizado, me dije esta mañana comiéndome un muffin que parecía una magdalena. La alianza de turbocapitalismo y tecnología nos ha anestesiado por saturación. También nos ha enseñado que, de alguna forma, el empoderamiento personal podía ser un filtro para el ego y la vanidad. Cuanto más nos conectamos, más individualistas somos. Aunque esto lo ha descubierto mucha gente, la corriente es demasiado fuerte.
El sistema premia lo inmediato y penaliza el matiz. Todo compite por nuestra atención y, en este punto, lo emocional arrasa a lo reflexivo. Todavía no es trágico, pero vivimos una crisis de profundidad y, como resultado de esto, el meme se ha consolidado como forma de poder. El meme, la foto con zasca, es una unidad de sentido comprimido que funciona por repetición, simplificación y reconocimiento inmediato. Es la forma de comunicación que más renta y el algoritmo intelectual más eficiente: nos da, como cualquier otro algoritmo serio, justo lo que esperamos, rápido y obvio. Los discursos se reducen a titulares; las ideas complejas mueren en el scroll.
En un escaparate así, en el mundo meme, resulta lógico que demos la oportunidad de nuestra atención a iconos como Donald J. Trump. Los gestos más extremos del gobernante estadounidense han encontrado una sola respuesta proporcional de verdad: un show de Bad Bunny en la Super Bowl. Un estallido de ritmos caribeños en el descanso de un partido de fútbol: otro meme. Los memes son malos y buenos, como las personas. Y esta parece una pelea justa: la política como espectáculo contra el espectáculo como política. Pero no podemos saber quién ganará al final. Porque el meme no convence; se impone según su viralidad.

El Mago Pop, un talento así de grande
El reverso bonito del sueño americano es Antonio Díaz, un tipo nacido en Badia del Vallès, un pueblo a unos 20 km de Barcelona. Dicho muy rápidamente: Antonio quiso ser mago, se inventó un nombre artístico y acabó triunfando en Broadway. Hoy, El Mago Pop es el ilusionista más taquillero del mundo. Hace unas semanas nos recibió en el Teatre Victòria; de aquel encuentro sale el amplio reportaje de portada de este número. También asistimos a una función de su espectáculo Nada es imposible y durante un rato creímos en la fantasía, en los Magos de Oriente, en el Ratoncito Pérez, en La Primitiva de los lunes, jueves y sábados, en las estrellas fugaces y en los finales felices.
Pero, por suerte, Antonio Díaz no es el único talento que nos permite confiar en un mundo mejor. Su amigo Alejandro Amenábar hace películas (¡y bandas sonoras!) con una forma distinta de magia. Lali Ayguadé cuestiona nuestra proyección social en su trabajo coreográfico. Fernanda Orazi coge a Unamuno y lo traduce a nuestro tiempo. Raül Refree identifica la esencia artística para llevarla luego a lugares extraordinarios. Quique González hace canciones que hablan de lo importante. Rubén Pozo es amor sin filtros ni circunloquios. Y Walls conecta con su padre en su disco más abierto y universal.
Las obras de todos ellos y ellas, entre otros muchos, abren grietas de luz en este tren de borrascas. Por eso están en CULTURA REVISTA SGAE Nº18.
Gracias por el scroll. Nos vemos en primavera.
Ilustración
Miguel Sueiro/Baliente
Fotografía
El Mago Pop