
En nuestra conversación con Morat, que abre este número de Cultura Revista SGAE, el baterista Martín Vargas resume una regla que comparten los cuatro integrantes del grupo: si una canción les gusta y pueden defenderla tocando sus instrumentos sobre el escenario, están en condiciones de explorarla. Guitarras, bajo, batería, pianos, banjos o diferentes tipos de percusión forman parte de un catálogo de recursos que les permite moverse con versatilidad entre distintas opciones. Sea cual sea el punto de partida, si ellos son capaces de hacerlo sonar, el resultado es Morat. Así de integradas están las capacidades instrumentales en la fórmula creativa de la banda.
La declaración de Marto parece cabal y oportuna. No somos idiotas: agradecemos y cabalgamos la ola de la IA y los automatismos, en este campo y en cualquier otro. Pero, claro, el dominio de un instrumento es, además de una destreza técnica o una forma de presentarse ante el público, una herramienta para explorar, tomar decisiones y encontrar caminos artísticos propios. En cualquier aspecto de la vida, el conocimiento amplía las posibilidades de creación en lugar de limitarlas.
La música popular nunca ha dejado de transformar sus lenguajes. Un día electrificamos las guitarras y los pianos. También comenzamos a usar pedales y consolas de efectos. Y desarrollamos sintetizadores y exploramos nuevas formas de generar y manipular sonidos. Después, los samplers nos permitieron incorporar a nuestras canciones fragmentos de otras grabaciones, de cualquier procedencia. Más recientemente, la electrónica, los ordenadores y las nuevas técnicas de producción han abierto horizontes extraordinarios, y no hay razón para enfrentarlos con la práctica instrumental. En el panorama actual conviven propuestas muy distintas que demuestran precisamente eso: desde la versatilidad orgánica de Morat hasta la experimentación de CA7RIEL y Paco Amoroso, pasando por la esencia artística de Guitarricadelafuente o la relación de Rita Payés con el jazz y la canción. Ninguna fórmula es mejor que otra, pero el conocimiento instrumental continúa siendo fuente de posibilidades creativas plenamente contemporáneas.
Tocar la batería, la guitarra o el bombardino exige aprendizaje, práctica, escucha y paciencia. También implica afinar la sensibilidad y descubrir alternativas que no siempre se pueden anticipar. Hay una relación entre el conocimiento y la intuición, entre el trabajo y el hallazgo, que forma parte de la experiencia de hacer música. Y que puede convivir con cualquier tecnología.
La regla de Morat nos recuerda que la instrumentación no es mejor ni peor que otras opciones, pero multiplica los caminos para llegar a una canción. Y que, por muchas herramientas que sigan llegando, el conocimiento teórico y la curiosidad instrumental seguirán abriendo posibilidades para la música popular.
Ilustración
Miguel Sueiro