EN EL FOCO

MIQUEL MAS FIOL

A sus 30 años estrena Tot fent ‘La bella Helena’ y cierra un ciclo: once montajes y una trilogía millennial que, según él mismo reconoce, le ha costado ir perdiendo a su madre

POR ALBERT MARTÍ

Miquel Mas Fiol (Palma, 1996) nos recibe en la sede del Teatre Lliure de Gràcia. Desde hace tres semanas en el momento de esta entrevista, allí duerme todo un equipo técnico y artístico. Quieren revivir cómo trabajaban hace cincuenta años los fundadores de este recinto e impregnarse, en parte, de esa esencia. Entramos y salimos por puertas, pasadizos y espacios que, normalmente, están cerrados al público y que ahora son casa y escena a partes iguales. Aquí todo se entremezcla. Nos sentamos en una mesa del bar del teatro, el Mescladís, y le pregunto cómo empezó todo: me cuenta que, con siete años, se presentó a las pruebas de un coro porque su madre quería que cantara. No lo cogieron. Pero la directora de la escuela le dijo a su madre que aquel niño podía hacer teatro. Casi un cuarto de siglo después, aquel crío rechazado por un coro estrena Tot fent 'La bella Helena' en el Teatre Lliure de Barcelona, dentro de la programación del cincuentenario de la casa, y cierra con ella un ciclo de seis años y once montajes que lo ha llevado, dice, sin darse demasiada cuenta, de los escenarios de plaza de pueblo mallorquines a una de las salas con más peso simbólico del teatro catalán.


Antes de eso hubo petardos. Literalmente. Mas Fiol empezó a hacer teatro amateur por los pueblos de Mallorca en una pequeña compañía que giraba, sobre todo, comedias: “En los años noventa, en Mallorca, el teatro en catalán solo podía ser comedia; las obras serias se hacían en castellano”, recuerda. Actuaba en plazas donde los aviones interrumpían las funciones y donde el público lanzaba petardos cerca del escenario. A los quince años escribió su primera obra, protagonizada por una madre y un hijo que, sin saberlo, ligaban entre ellos con perfiles falsos de Facebook. “Era horrorosa”, admite hoy, "pero ya había ahí una intuición". A los dieciocho fundó, con un grupo de amigos, la compañía Ovnipresents, con la que estrenó una parodia de Ryanair, Passatgers de Brian Air (2015), que “funcionó muy bien” y que, dice, todavía hoy se programa puntualmente en la isla.


La salida de Mallorca llegó por una vía inesperada: Publicidad y Relaciones Públicas en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. No fue un rodeo, insiste, sino una decisión con lógica propia: “Combinaba mis dos ramas, la de hablar en público y la del diseño gráfico, que también me interesaba”. La publicidad nunca lo alejó del escenario: entró en el aula de teatro de la universidad, escribió allí S'inunda Venècia (la obra que, con veinte años, empezó a hacerle sospechar que aquello podía ser algo más que una afición) y, el mismo año, ganó una beca para estudiar en el Obrador de la Sala Beckett con Sergi Belbel. De la publicidad se llevó, eso sí, algo más duradero que un título: las ganas de jugar sin filtros: “Guardo muy buen recuerdo. No hacía ni el huevo, me lo pasaba muy bien y me premiaban que hiciese el gamberro.”

Miquel, debatiéndose entre la gamberrada y la genialidad

Ese juego y esa vis cómica fueron, durante años, una fuente de incomodidad. “Nunca me bastaba con hacer comedia. Le tenía que poner siempre un apellido: comedia ácida, dramática, política…”, explica. Curiosamente, al llegar al Institut del Teatre de Barcelona a estudiar Dramaturgia y Dirección (siendo el primero de su promoción), el desajuste fue el contrario: mientras buena parte de su promoción se lanzaba a la performance y a las formas más punk, él defendía que quería hacer “teatro muy comercial”.


El giro real llegó con Càndid o l'optimisme (2022), su libre versión de Voltaire, escrita en plena pandemia. Fue, cuenta, el hallazgo de “un Miquel que no conocía”: hasta entonces escribía sus textos a solas y luego los dirigía; con Càndid… empezó a generar material directamente con los actores, a improvisar, a componer sobre la marcha. Toni Casares, director de la Sala Beckett, le advirtió de que los textos que estaba escribiendo así nunca tendrían la profundidad de algo pensado sentado, a solas, frente a una mesa. “Le dije que bueno, pero luego pensé que no tenía razón”, recuerda. “Cuando más estimulado estoy es cuando veo a un actor haciendo algo, recogiéndolo y fusionándolo con los demás intérpretes y con él mismo”. De esta reflexión sale lo que bautiza como neovarietés: piezas cargadas de estímulos y de contrastes, de capas de lectura que se suceden a toda velocidad, donde lo importante ya no es tanto el recorrido del protagonista como la experiencia que se le ofrece al espectador.

“Cuando elijo un tema, siempre intento que tenga una duda de verdad”

Aquel hallazgo lo llevó, primero, a buscarse la vida él mismo (“como he hecho publicidad y me sé vender como un cabrón, invité a programadores cuando nadie lo hacía”, se ríe) y después a ser director residente del Teatre Tantarantana, entre 2022 y 2025. Allí creó Les penes del jove Werther (2023) y cerró, con Els Miserables (2024), la que ya se conoce como Trilogia de la Condició Millennial: tres clásicos, Voltaire, Goethe y Victor Hugo, reescritos cada uno desde una pregunta muy concreta.


¿Cómo ha evolucionado tu mirada sobre esta generación millennial?

Cuando elijo un tema, siempre intento que tenga una duda de verdad. En Les penes del jove Werther mi duda era el sadfishing: no sé si estoy mostrando que estoy triste porque quiero conseguir algo con mi tristeza. En Els Miserables la pregunta era: quieren hacer la revolución, pero, ¿cómo? ¿De qué manera? Y ahora, en …La bella Helena, todo nace de una pregunta muy clara: ¿Podemos darlo todo por un sueño? ¿Podemos aparcar nuestra vida profesional por algo que quizá no llegue nunca? Siempre empiezo con preguntas que me resuenan a mí mismo, y curiosamente ha sido lo que mejor me ha ido, tanto a nivel comercial como de reconocimiento.

PENSAR DEMASIADO

Miquel se apoya un minuto. ¡Pensar es agotador!

Ese recorrido tiene, sin embargo, un coste que Mas Fiol nombra sin dramatismo: “Estoy perdiendo a mi madre”. No es una metáfora vacía: ella disfrutó con las comedias de pueblo, pero cada vez entiende menos sus últimas piezas, le reprocha que “piensa demasiado”. Pone un ejemplo concreto: una escena de un espectáculo en la que un personaje se disfraza de “rey negro” en una fiesta y desata una discusión sobre apropiación cultural que su madre no consigue procesar como concepto. Y cuando ella le repite que está perdiendo público, tiene la respuesta hecha: “Ahora mismo estoy en el Teatre Lliure, no voy tan mal encaminado”. La edad media del público teatral en Cataluña ronda los cincuenta años; el suyo tiende a bajar hacia los treinta y los cuarenta, aunque insiste en que nunca se ha propuesto conscientemente “hacer teatro para jóvenes”: escribe piezas que le interpelan a él y al equipo que lo acompaña.


¿Sientes que ya estás de alguna manera establecido en el panorama teatral catalán?

Creo que todavía no me lo acabo de creer del todo. Tengo compañeros de promoción que en dos años se convirtieron en un cohete, pegaron un pelotazo; yo, en cambio, he ido subiendo escalón a escalón. Como ha sido tan progresivo, todavía no me lo creo. Pero sí que noto que mi trabajo empieza a tener un nombre, que la gente detecta un sello propio, y eso me parece lo más interesante de todo.

“No quiero hacer violación emocional, contar mi trauma tal cual. Prefiero protegerme y proteger a mi gente bajo una capa de parodia”

Esa manera de construir sin necesidad de que los personajes se justifiquen psicológicamente, encadenando estímulos casi como un feed de Instagram es, para Mas Fiol, deliberada. Pone un ejemplo de Càndid: un personaje baila alegremente con el público y, acto seguido, hace el saludo nazi; después aparece un vídeo de un programa de telerrealidad; después suena un teléfono. “Los personajes no tienen que justificarse todo el rato”, defiende. Su gran referencia, confiesa sin rubor e insiste durante toda la entrevista, es Mujeres desesperadas: "Lo que más me gusta de este oficio es eso, mostrar las costuras del decorado". Detrás de la broma hay una idea de fondo muy trabajada, la de la máscara social (el gran tema, dice, de toda su dramaturgia), que conecta con su formación publicitaria (“otra máscara”) y con dedicarse ahora al teatro (“una máscara de una máscara”). De ahí también su rechazo a la autoficción confesional: prefiere hablar de autoparodia. “No quiero hacer violación emocional, contar mi trauma tal cual. Prefiero protegerme y proteger a mi gente bajo una capa de parodia”. Y de ahí su fijación por los personajes moralmente sucios: en Primavera de Bèsties (2021) construyó un humanista que defiende todas las causas oprimidas del mundo y que resulta ser, al final, “un auténtico hijo de puta”.

TOT FENT ‘LA BELLA HELENA’

Ensayos de Tot fent 'La bella Helena' en el Teatre Lliure

Con ese bagaje llega Tot fent 'La bella Helena', el encargo que le hizo Julio Manrique, director artístico del Teatre Lliure, para el cincuentenario de la casa: recuperar la opereta de Offenbach que estrenaron en 1979 los llamados “francotiradores” del Lliure. Mas Fiol admite que al principio ni sabía muy bien de qué le estaban hablando. Lo que el Lliure le pedía, entendió después, era exactamente lo que él ya sabía hacer: aplicar su método de las neovarietés a un material distinto.


¿Con qué te has acercado y qué distancia has puesto en esta Bella Helena, cincuenta años después?

Lo he tratado como a los otros clásicos estos últimos años, aunque esta vez no me lo he tomado tan a la ligera, porque tenía la responsabilidad de dar continuidad a todos los espectadores que vieron La Bella Helena del 79. Lo que hago siempre es leerme el argumento y detectar los puntos calientes del espectáculo: hay un momento en que convocan a un oráculo, el mío será una ouija. Y después combino tres elementos: la historia del Lliure y sus fundadores en los años setenta, la vida personal de los artistas de hoy, con esa autoparodia de la que hablábamos, y La Bella Helena original.

“Me molesta mucho que, antes de saber de qué va un texto, te pregunten quién lo va a protagonizar. Tenemos que volver a un teatro de artistas, no un teatro de caras conocidas o de personas con muchos followers de Instagram”

Recuperar el espíritu fundacional del Lliure, para Mas Fiol, no era solo un gesto simbólico: implicaba también reconstruir un modo de trabajo. Insistió en que el equipo se quedara a dormir en el teatro durante los ensayos y lo defiende con dureza frente a las lógicas actuales del sector: “Me molesta mucho que, antes de saber de qué va un texto, te pregunten quién lo va a protagonizar. Tenemos que volver a un teatro de artistas, no un teatro de caras conocidas o de personas con muchos followers de Instagram”. Prefiere ir construyendo compañía a fuego lento, con el mismo núcleo de intérpretes creciendo obra tras obra, aunque eso sea, admite, “más lento que si cuentas con Oriol Pla de saque, por ejemplo”.


Hay, además, una reflexión generacional que atraviesa el proyecto. El Lliure de 1976 se fundó, recuerda Mas Fiol, bajo la convicción de que “todo estaba por hacer”. Su generación, en cambio, tiene la sensación de que todo está ya “hecho y perpetrado”, y eso marca el tono de su humor: si no pueden cambiar el mundo a su manera, al menos pueden reírse juntos de él. Cita, como imagen de esa actitud, el meme del perro rodeado de llamas que repite: “It's fine”. “Todos nos reconocemos ahí. Es bastante bonito reírse juntos de nuestras propias desgracias”.

Comediantes tomando las calles a punta de teatro

¿Sientes vértigo, alguna responsabilidad distinta, con este estreno?

Curiosamente no, porque estoy muy bien acompañado, tengo un equipo que me sigue desde el minuto uno con esta locura. …La Bella Helena nació sobre todo de recuperar la pasión por el oficio, eso a lo que jugaba cuando hacía teatro en la plaza de mi pueblo.


Ese impulso de volver a jugar convive, en Mas Fiol, con una necesidad casi opuesta: frenar, en cierta medida. Seis años, once estrenos entre piezas grandes y pequeñas, y una escalada, de la sala pequeña del Tantarantana al Lliure de Gràcia, que él mismo describe como progresiva, casi artesanal.


¿Cómo te ves dentro de unos años, y qué tienes ganas de hacer que todavía no hayas probado?

Necesito no hacer tres obras cada año, sino hacer una sola y estar orgulloso de ella. Tengo muchas ganas de escribir algo a la mallorquina: creo que la isla tiene grandes novelistas, pero le falta una obra que hable de cómo una familia vinculada a la derecha que ha gobernado la isla, que vive del turismo, acaba cargando con sus peores consecuencias. Producirla allí seguramente es más difícil que en Cataluña, que se ha convertido para mí en una segunda casa y, sobre todo, en un refugio. Necesito hacer menos y mejor.


En tu teatro conviven siempre la alegría de vivir (la joie de vivre) y la denuncia social. ¿Hay alguna que pese más, que sea más auténtica?

Creo que hago personajes muy bichos: de cara a la galería dicen, por ejemplo, que quieren quemar el Teatre Victòria, pero luego se apuntan en el currículum haber trabajado allí. Esa voluntad de cambiar el mundo es mucho más de cara a la galería que real. Tengo un patrón de personaje muy claro en toda mi dramaturgia: alguien que va dando lecciones morales a todo el mundo y que después no las cumple para sí mismo. Eso forma parte de la mediocridad humana.


Puede que ahí, en esa incapacidad de resolver la contradicción, esté el verdadero motor de un teatro que, disfrazado de fiesta, no deja nunca de mirarse las costuras. Y que dure.

Firma invitada

Albert Martí Panadès (Esplugues de Llobregat, 1989) es gestor y comunicador cultural. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra y máster en Periodismo y Comunicación Digital por la Universitat Oberta de Catalunya y en Gestión Cultural por la Universitat de Barcelona. Fue jefe de contenidos de Teatralnet y parte de la redacción de Revista Godot en Cataluña. Ha colaborado con medios como Time Out, Cadena SER, Ràdio4, TeatreBarcelona o La Directa. Como gestor cultural ha trabajado para instituciones y entidades como el CoNCA, el teatro Atrium de Viladecans, el Festival Al Carrer, La Puntual y Recomana, entre otros.


En nuestro número 19 montó este magnífico reportaje con Llàtzer Garcia, Eu Manzanares y Oriol Puig Grau


Fotografías

Marc Sirisi (apertura)

Luca Rocchi (debatiéndose)

Teresa Ayuga (apoyado en pared)

Marta Mas Girones (Tot fent 'La bella Helena')

Enlaces

Miquel Mas Fiol

Teatre Lliure: Tot fent 'La bella Helena'


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ANFIBIA LAB EN MADRID

Fundación SGAE colabora con la quinta edición del Festival Anfibia, certamen dedicado a explorar las múltiples vidas que puede tener una historia y las posibilidades creativas que surgen al trasladarla de un formato a otro. Por segundo año consecutivo, la entidad participa apoyando Anfibia LAB, un laboratorio que permitirá a 8 creadores y creadoras desarrollar sus proyectos de adaptación, ampliando su lenguaje, formato o soporte narrativo, y conectar con nuevos públicos. El plazo de inscripción está abierto hasta el 12 de octubre de 2026.


Los seleccionados participarán de manera gratuita en un laboratorio presencial en Madrid los días 3, 4, 5 y 6 de noviembre de 2026. Los autores y autoras tendrán la oportunidad de analizar vías para llevar su obra a otros territorios, identificar potenciales públicos y diseñar estrategias para llegar a ellos, así como explorar conjuntamente qué caminos puede tomar la propuesta y qué oportunidades pueden surgir a partir de ella. Así, el laboratorio será un espacio para investigar posibilidades, hacer conexiones y formular nuevas estrategias alrededor de una historia o universo narrativo. Mira aquí toda la información