AHORA MISMO

ÓSCAR MARTÍN

& ELENA MUÑOZ

‘Upiro’, la alucinante película sobre el primer vampiro español, pasa por el Festival de Sitges y se estrena en salas en febrero de 2027

POR RUBÉN ROMERO SANTOS

1755. Bajo el reinado de Fernando VI, un haz de luz del Siglo de las Luces parece entrar en la esclerótica sociedad española. Ilumina, por ejemplo, la mesa de una celda en el Santuario de la Esperanza de Calasparra (Murcia) donde el padre Antonio Rubís documenta para el recuerdo el primer caso conocido de vampirismo español: una desconocida enfermedad sanguínea que devora a las monjas de clausura del lugar. Así, al menos, lo cuentan Martí Flò, Valentín Ferrán y Jordi Ardanuy en Vampiros: magia póstuma dentro y fuera de España, y ahí lo leyeron el director Oscar Martín y la guionista y productora Elena Muñoz en Upiro. Tras el éxito de Amigo (2019), malsana fantasía en una casa en la sierra, regresan a los espacios claustrofóbicos que les son tan queridos en lo que constituye su proyecto más ambicioso hasta la fecha. El goya Diego Anido interpreta al Padre Rubís, mientras Paulien Brisy, Victoria Cerrada o Tania Santana lucen las nucas a las que el monstruo quiere hincar el diente.


Upiro se estrenó en septiembre en el prestigioso Fantastic Fest (Austin, EE UU) y llega ineludiblemente al Festival de Sitges en octubre. Todo está listo para que disfrutemos de nuestro primer chupasangres en salas de cine en febrero de 2027. Mientras, hablamos con sus creadores.


¿Qué os atrajo del caso real?

Óscar Martín: Nos llamó mucho la atención que existiera un caso de supuesto vampirismo documentado en un convento español del siglo XVIII. Normalmente asociamos estas historias con Transilvania, los Balcanes o Europa Central, pero aquello había sucedido aquí, en Calasparra, Murcia. El documento histórico era muy breve, apenas unas líneas, pero contenía una película entera: monjas, una epidemia inexplicable, cuerpos que aparecen sin sangre y una comunidad intentando entender qué estaba ocurriendo. Había un misterio sin resolver y eso, para un guionista, es un punto de partida estupendo para desarrollar una historia.

Elena Muñoz: Lo que más nos atrajo fue precisamente la mezcla entre historia y leyenda. Existía una pequeña base documental, pero todo lo demás estaba abierto. Esto nos invitó a imaginar qué podía haber sucedido entre aquellas paredes y, sobre todo, quiénes eran las mujeres que vivieron allí.

A veces, una no puede ni descansar en paz

¿Hasta qué punto estar basado en hechos reales es un valor de producción positivo y qué tiene de negativo?

Elena: Como punto de partida es muy potente. Decir que la película se inspira en el primer caso de vampirismo documentado en la península despierta curiosidad inmediatamente. Además, nos proporcionaba una época, un contexto social y un misterio real desde el que construir la ficción. La parte negativa es que la expresión "basada en hechos reales" crea unas expectativas que a veces son engañosas. No disponíamos de un relato completo ni de personajes desarrollados. Existía una referencia histórica muy breve y, a partir de ella, tuvimos que inventar prácticamente toda la historia.

Óscar: La fidelidad que buscábamos no era a cada detalle del caso, porque esos detalles sencillamente no existen. Queríamos ser fieles al miedo que pudo originarlo. Lo real nos dio la semilla; afortunadamente, la pesadilla tuvimos que inventarla nosotros.

ALGO BONITO DESDE LO FEO

Martín y Muñoz hacen de la pesadilla su oficio

El vampiro está de moda en el audiovisual español reciente con series como Silencio (Movistar+, 2025), de Eduardo Casanova, o la esperada Que muera el amor (Netflix, 2026), de Carlota Pereda. “El vampiro se adapta muy bien a cada época”, dice Óscar Martín. “Puede representar el deseo, la enfermedad, la aristocracia, el capitalismo, la adicción o el miedo al diferente. Siempre encuentra algo nuevo de lo que alimentarse. Es un parásito también en ese sentido: sobrevive apropiándose de nuestras preocupaciones. Además, a diferencia de otros monstruos, conserva algo humano. Puedes hablar con él, desearlo o incluso compadecerlo antes de que te arranque la garganta. Esa contradicción lo hace inagotable”.


Y, ¿qué tipo de vampiro encontraremos en Upiro?

Óscar: Nos interesaba retroceder a un momento anterior al vampiro sofisticado de la literatura. Nace del miedo rural, la religión y la ignorancia sobre el cuerpo y la enfermedad. Es un vampiro antes de su versión romántica.


En mi opinión, el vampiro también pervive por ser el monstruo más sexy…

Óscar: Estoy totalmente de acuerdo. El vampiro clásico convierte el acto de morder en algo íntimo: hay intercambio de fluidos, placer, dolor y pérdida de control. Es difícil encontrar un monstruo con una carga erótica tan evidente.

En nuestra película hay erotismo, pero está muy reprimido. Las protagonistas viven en un convento de clausura del S.XVIII donde el cuerpo femenino debe ocultarse, disciplinarse y sentirse culpable. Precisamente por eso, cualquier mirada, roce o deseo adquiere una fuerza enorme. Me interesaba más esa tensión que mostrar un erotismo explícito.

Elena: También queríamos evitar que el cuerpo femenino apareciera únicamente como objeto de deseo. Aquí son ellas quienes desean, temen y toman decisiones, aunque vivan dentro de una institución diseñada para controlar todo eso.

EL RELATO GÓTICO EN ESPAÑA


Imagen de La residencia (Narciso Ibáñez Serrador, 1969)

Salvo en contadísimas excepciones, la literatura y el cine en España han sido reacios a los relatos góticos. “Creo que lo gótico siempre ha existido”, dice Óscar Martín, “pero muchas veces bajo otros nombres. Está en Bécquer, en Valle-Inclán, en Emilia Pardo Bazán, en determinadas tradiciones religiosas y en una enorme cantidad de leyendas populares. Tenemos cementerios, conventos, procesiones, reliquias, santos incorruptos y pueblos llenos de historias bastante siniestras. Material no nos falta”.


¿Por qué hay tan poca obra audiovisual, pues?

Óscar: Quizá el problema es que durante mucho tiempo la cultura española prestigió más el realismo, mientras el fantástico se consideraba un género menor o de evasión. A eso se suman la censura, el peso de la Iglesia y una industria que rara vez ha permitido desarrollar una tradición continuada.Por eso me interesan tanto Chicho, Naschy, Ossorio, Grau y quienes hicieron fantaterror en condiciones muy difíciles. A veces tenían que fingir que sus películas sucedían en otro país para poder contar nuestros propios fantasmas. Creo que ahora estamos perdiendo ese complejo y entendiendo que el gótico español no tiene por qué parecer una imitación de la Hammer. Nuestra versión puede ser auténtica y local, pero a la vez llegar a todo el mundo.

DE CALASPARRA A CATALUÑA

Elena Muñoz, guionista y productora de Upiro

El caso real se documentó en Calasparra, pero Upiro fue rodada en Cataluña. “Al principio tratamos de rodar en Calasparra”, revela Elena Muñoz, “pero complicaba mucho la producción. Así que estuvimos localizando por toda la península los espacios óptimos para nuestro convento y el mundo visual de la película. En Cataluña encontramos la perfecta combinación entre localizaciones únicas, prácticamente desconocidas, y la viabilidad de rodar en ellas. El apoyo de Manresa Film Office y el trabajo de nuestro localizador, Toni Dutch, fueron fundamentales. Una película de época no solo necesita lugares espectaculares. Tiene que poder contar un equipo técnico, vestuario, maquillaje, figuración y material sin que resulte excesivamente costoso”.


Ya que lo comentas, Elena, quisiera preguntarte por tu doble condición de guionista y productora. ¿Condiciona tu escritura?

Elena: Es inevitable que ambas facetas se contaminen. Cuando escribo sé que, en algún momento, tendré que encontrar el dinero, el equipo y el tiempo necesarios para convertir ese texto en imágenes. Conocer la producción te hace consciente de las consecuencias de cada decisión, pero no necesariamente menos ambiciosa. A veces el posibilismo no consiste en reducir una idea, sino en encontrar una manera más inteligente de ejecutarla. Puedes renunciar a ciertos elementos y concentrar los recursos en uno que el público recuerde. También tiene una ventaja importante: escritura y producción no luchan entre sí. Las decisiones económicas pueden tomarse entendiendo qué es esencial para la historia y qué puede transformarse sin dañarla. No obstante, es una labor complicada porque resulta imposible llevar a la realidad toda la locura que tengo en mi cabeza.

Óscar Martín, director de Upiro

De la escala de Upiro da fe el hecho de que sea una coproducción hispanobelga. ¿Qué habéis aprendido de la experiencia?

Óscar: Nuestros coproductores, Flo [Florence Saâdi] y Karim [Karim Ouelhaj], de Okayss, la actriz Pauline Brisy y los profesionales belgas aportaron otra forma de mirar el proyecto. Trabajar con equipos de culturas distintas también te obliga a explicar por qué quieres hacer cada cosa. A veces uno toma decisiones por intuición, y al tener que verbalizarlas descubre si realmente tienen sentido. Cuando la colaboración funciona, la película deja de pertenecer a una sola mirada, pero no pierde identidad; gana capas.


Amigo, vuestra anterior película, también versaba sobre personajes enclaustrados, aunque en ese caso se trataba de varones y abordabais la masculinidad tóxica. ¿Es Upiro su reverso femenino?

Óscar:Amigo era una película sobre dos hombres incapaces de expresar lo que sentían, hasta que esa incapacidad acababa convirtiéndose en violencia. Upiro me permitía entrar en un universo casi completamente femenino, pero no quería acercarme a él como quien observa algo exótico desde fuera. El guion de Elena fue fundamental para construir los personajes y evitar que fueran simples víctimas. Son mujeres contradictorias, con deseos, miedo, ambición, fe y capacidad para ejercer también la violencia.


¿La película refleja machismo también?

Óscar: Sí, pero no queríamos que los personajes verbalizaran un discurso contemporáneo en pleno siglo XVIII. Nos interesaba mostrar cómo la estructura de poder obligaba a las mujeres a tener determinado comportamiento, sin tener en cuenta para nada su opinión. Lo inquietante es que algunas de estas imposiciones no resultan tan antiguas como nos gustaría pensar.

¡Este convento sí que es zona tensionada!

Las buenas películas de terror siempre apelan a nuestros miedos presentes. ¿Cómo dialoga la historia con nuestros terrores contemporáneos?

Elena: La película transcurre en 1755, pero trata temas muy contemporáneos. Cuando una comunidad se siente amenazada, busca una explicación sencilla y alguien a quien culpar. El poder identifica al monstruo, construye un relato alrededor de él y utiliza ese miedo para reforzarse.

Óscar: En Upiro, quienes deciden qué es verdad y qué es pecado controlan especialmente a las mujeres. Si una mujer se rebela, desea o contradice la versión oficial, puede ser considerada enferma, poseída o peligrosa. También habla de cómo convertimos al diferente en una amenaza.


¿Hay diferencias entre cómo entiende Upiro una persona criada en la cultura católica y otra procedente de una sociedad con un credo diferente?

Óscar: Seguro. Para alguien criado dentro de una cultura católica, aunque ya no sea creyente, muchas imágenes de la película tienen una resonancia inmediata. Reconoce los hábitos, los rezos, la culpa, el martirio y esa extraña mezcla entre sufrimiento y belleza. No hace falta explicarle por qué una imagen puede resultar protectora y aterradora al mismo tiempo. Lo lleva incorporado.

Elena: En cualquier caso, la película no exige conocer la doctrina católica. Las relaciones de poder, la represión del deseo, la culpa y el miedo a ser expulsado de una comunidad son universales. Puede cambiar la lectura de algunos símbolos, pero el mensaje atraviesa esas diferencias.

Firma invitada

Rubén Romero Santos es periodista cultural y profesor universitario. Durante las últimas dos décadas ha sido firma habitual en revistas como Cinemanía, Rolling Stone o Icon y diarios como Público o El Español. Ha publicado los estudios El detective mutante. Las adaptaciones cinematográficas y televisivas de Pepe Carvalho (Peter Lang, 2021) y Barcelona en 12 películas (GRIMH, 2022). Compagina su labor periodística con la docencia en la Universidad Carlos III de Madrid, donde imparte clases de Comunicación Audiovisual.


En nuestro número 17 hizo un interesante reportaje sobre el cine con pulso social. Míralo aquí

Fotografía

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CINE POR MUJERES MADRID 2026

Fundación SGAE retoma su colaboración con el Festival de Cine por Mujeres Madrid convirtiendo su Sala Berlanga en una de las sedes oficiales del certamen en su novena edición, que tendrá lugar del 28 de octubre al 5 de noviembre de 2026. En su sección Competición Española se exhibirán: La buena hija (de Júlia de Paz), Pioneras. Solo querían jugar (de Marta Díaz de Lope), Yo no moriré de amor (de Marta Matute), Después de Kim (de Ángeles González-Sinde), Corredora (de Laura García Alonso), Viva (de Aina Clotet=, Cada día nace un listo (de Arantxa Echevarría), Forastera (de Lucía Aleñar Iglesias), Salen las lobas (de Claudia Estrada) y Frontera (de Judith Colell). Completan la programación los tres primeros capítulos de la serie El castillo, dirigida por Sandra Romero y Elena Martín Gimeno.


El Festival Cine por Mujeres 2026 reúne algunos de los títulos estatales dirigidos por realizadoras más destacados del año, con la misión de reivindicar la aportación de la voz y la mirada femeninas a nuestro imaginario audiovisual. Todas las cintas que se exhibirán en la Sala Berlanga compiten por el Premio a la Mejor Película Española 2026 y por el Premio a una Directora Novel española. Tras las proyecciones habrá coloquio abierto con el público.