

En un oficio tan complejo, selectivo e ingrato como este, no es de extrañar que el primer contacto entre los madrileños Andrea Jiménez (1987) y Juan Mayorga (1965) se produjera en condiciones tan extremas como poco teatrales. En plena pandemia fueron convocados por el Centro Dramático Nacional para llevar a cabo La distancia, una pieza de quince minutos concebida inicialmente para streaming y que, en septiembre de 2020, gozó de una segunda vida en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. El texto de Mayorga se ocupaba de la separación, en sentido literal y figurado, necesaria para evitar el contagio, y la dirección de escena de Andrea Jiménez (por aquel entonces aún junto a Noemi Rodríguez como parte de la dupla creativa que fue Teatro En Vilo) reincidía en las consecuencias de esta sobre nuestro día a día.
Cinco años más tarde, Cultura Revista SGAE reúne a ambos creadores para intercambiar opiniones sobre cómo el teatro ha impactado en sus vidas, personal y profesionalmente. A pesar de la diferencia de edad, formación, formatos y lenguajes, hoy esa distancia que separaba a Jiménez y Mayorga es mucho menor de lo que cabría esperar.
Mayorga, uno de los autores más representados dentro y fuera de nuestras fronteras, es el responsable último de haber convocado sobre las tablas a dos históricos como José Sacristán y Ana Marzoa en La colección (2024), una obra elegíaca sobre el legado que dejaremos cuando ya no pisemos la tierra. Y continúa al frente de la dirección artística del Teatro de La Abadía, espacio donde se gestó Casting Lear (2024), uno de los mayores fenómenos teatrales de las últimas temporadas. Ahí, Shakespeare y la autoficción se dan la mano para hablarnos de una historia personal (el vínculo de Jiménez con su padre, roto a causa del teatro) que no podía resultar más universal.
Sobre el legado, los vínculos, las miradas y, sobre todo, la responsabilidad para con las generaciones futuras de creadores gira también esta conversación. El teatro como lugar de encuentro.
El diálogo que encontrarás a continuación ha sido respetado en la edición, preservando la reflexión y los desarrollos dialécticos en su contexto y con su profundidad original. Lee sin prisa y déjate inspirar.
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Mayorga y Jiménez en el Teatro La Abadía
¿Cuándo tuvisteis consciencia de la existencia del otro?
Andrea Jiménez: Con Mayorga me pasa como con Shakespeare, que sabes que existe, pero no lo había estudiado. Yo vivía en Londres y sabía que Juan era alguien importante que escribía teatro español. El chico de la última fila [2006]fue la primera obra suya que leí, después vinieron Silencio [2020] y La distancia [2020]. Entonces yo no concebía el teatro desde la dramaturgia, porque no vengo de una formación de la RESAD ni de haber estudiado los clásicos. Yo he llegado al teatro desde el cuerpo, no desde la palabra, y mis referentes eran creadores británicos y compañías de teatro gestual como Complicité o Théâtre du Soleil. Es ahora cuando estoy entrando en el proceso de relacionarme tanto con la dramaturgia contemporánea como con la clásica y siento que se me ha abierto una puerta que estaba cerrada. La primera vez que descubrí una escritura increíble [de Juan Mayorga] fue dirigiendo La distancia, una especie de obra mágica que encriptaba un sentido oculto y que suponía también mi primera vez dirigiendo un texto. Es decir, el primer texto que yo he dirigido ha sido de Mayorga y con el que me di cuenta de lo que era la buena dramaturgia.
Juan Mayorga: Nuestro primer contacto fue a través de una pantalla. Un día recibo la llamada de Alfredo Sanzol, todavía en confinamiento, y me dice que va a proponer a varios autores que escriban textos relacionados con la distancia y que mi texto lo va a dirigir Teatro En Vilo. Yo había visto trabajos suyos, pero no habíamos establecido contacto. Recuerdo que me cayeron genial, me sentí muy afortunado de encontrarme con estas dos mujeres. Andrea es tremendamente vivaz, parece que salta de la pantalla. Si Sanzol me hubiera preguntado qué director quería para mi texto, probablemente le habría indicado a alguien que hubiera hecho un trabajo correcto, incluso bueno, pero quizás desde cierta redundancia. Ellas eran distintas a mí, lo digo como un elogio, y me alegró mucho el modo en que planteaban las cosas y mostraban interés. Siempre digo que las dos mejores razones que tiene dirigir un teatro como La Abadía es imaginar ocasiones de reunión y acompañar a otros creadores. En un momento dado, decidí convocar a Andrea para hablar de la idea de Casting Lear. Y, cuando salga de aquí, será una de las mejores cosas que me lleve. Porque es un espectáculo que, además de situarla a ella en el lugar que merece, ha sido una experiencia importante para mucha gente que ha salido entusiasmada.
Andrea Jiménez: El espectáculo propone un encuentro entre yo y un otro diferente y creo que la relación entre Juan y yo fue, precisamente, un encuentro de personas diferentes que se atrevieron a tenderse la mano en un espacio abierto y de diálogo. Por eso concebí Casting Lear pensando en La Abadía. Sabía que quería hacer un espectáculo sobre mi padre y contar con un actor distinto cada noche, pero se canalizó para La Abadía de Juan Mayorga, que tiene este deseo de unión generacional, de estar entre lo nuevo y lo de toda la vida. Si me hubiera llamado Sanzol, no habría sido la misma obra.
Casting Lear: cada noche un actor diferente
Casting Lear exorciza los inicios de alguien que quiere dedicarse al teatro y la relación traumática con su entorno. ¿Cómo recordáis vuestros comienzos en la escena?
Juan Mayorga: Los míos fueron menos heroicos. A diferencia de quienes venís de la práctica escénica, yo llegué al escenario desde el patio de butacas. Yo soy, antes que nada, un espectador que descubrió el teatro en su adolescencia como un lugar en el que se le respetaba. Y para un adolescente no hay nada más atractivo que sentirse respetado. El mejor maestro es el que respeta al alumno, porque eso quiere decir que espera algo de él. Recuerdo un profesor de Lengua y Literatura, Moisés García, que dedicaba una de sus clases semanales a lo que él llamaba trabajos de creación, y donde uno leía un poema o un cuento y otro se lo comentaba. Mis pobres cuentos nunca fueron apreciados, pero nunca olvidaré que ese tipo pensaba que todos podíamos ser poetas, ensayistas o narradores. Mis padres no me llevaban al teatro, así que fui con cuatro compañeros de instituto a ver Doña Rosita la soltera [Federico García Lorca, 1935] y recuerdo aburrimiento, pero también fascinación por ver a Nuria Espert [se refiere a la versión de Jorge Lavelli estrenada en 1980]. Me di cuenta de que el gran misterio de la vida es el paso del tiempo, y de que estaba viendo las edades de una mujer solo con su pequeño cuerpo, las inflexiones de su voz y la ayuda del relato. Ahí descubrí el teatro como el arte de la imaginación, un teatro de palabras mayores que hablaba tan hondo como las novelas que podía leer en la biblioteca familiar. Yo era un adolescente que escribía, uno de tantos, pero jamás tuve el horizonte de vivir del teatro. Me convertí en profesor de Matemáticas, hasta que publiqué Más ceniza en 1994 y El sueño de Ginebra en 1996 y pasé a ser profesor en la RESAD. Cada vez me fui sintiendo más fascinado por el mundo del actor y más cerca de la sala de ensayos. Y, en un momento dado, empecé a dirigir modestamente para acompañar a los actores. Porque el teatro no es solo comunicación, es experiencia que construye un vínculo.
Andrea Jiménez: Yo también soy una persona que empezó a hacerse respetar desde el teatro. Con 16 años era una nerd empollona, ultra buena estudiante y completamente reprimida por las normas familiares que, de repente, encontró una libertad desconocida en el grupo de teatro del colegio. Y caí rendida ante ese lugar de celebración de la vida, de fiesta, de descubrimiento del amor no romántico, sino colectivo. Recuerdo ir en 1995 al Teatro Sanpol a ver La silla voladora, de la compañía La Bicicleta, el mismo día que murió Lola Flores. Todavía recuerdo la sensación física, yo sentí que volaba. Ese vértigo es lo que yo obsesivamente intento recrear, para mí misma y para otros, con el teatro.

Un ex profesor de Mate y una nerd talentosa
A lo largo del tiempo, ¿ha cambiado vuestra motivación como creadores?
Andrea Jiménez: Lo primero que me movió fue el teatro como espacio de juego y libertad, como lugar de expresión más allá de la palabra. Yo era una firme defensora no tanto de lo visual, sino del espacio jugado que transcendía lo textual. Luego me encontré con lo posdramático y lo performativo con artistas como Bryony Kimmings, Forced Entertainment, Ursula Martinez o Lola Arias y empecé a dialogar con ello. De ahí surgieron espectáculos como Generación Why [2018] o Man Up [2019], donde combinábamos lo real con lo ficcional. Con Casting Lear decidí apostar por esta performatividad teatral que quiere modificar lo real, de modo que impacte en la manera en la que yo miro a mi padre para que no salga igual que como entré. He llevado al límite el tema que más me aterraba a nivel personal, inventando un dispositivo para un actor distinto cada noche. Esta determinación de abordar lo que más miedo me produce es mi razón de ser en el teatro. Hasta el punto tan extremo de casi inmolarme. Sé que hay gente que lleva haciendo esto muchos siglos y desde lugares muy hondos, pero esto de mirar a los orígenes está siendo para mí el camino que más me interesa ahora.
Juan Mayorga: Entiendo lo que dice Andrea, pero mi experiencia es otra. Yo hoy tengo mi vocación más clara que nunca. Es un privilegio extraordinario estar en la escritura teatral, aunque sea difícil. El teatro es un arte omnívoro capaz de hacerse cargo de cualquier asunto, experiencia, historia, mirada y pregunta. No es un arte viejo, es un arte que encontró su forma definitiva en lo esencial. Tengo una obra que se llama Los argumentos que tiene algo de póstuma, porque me he dado cuenta de que no voy a poder escribir todas las obras que me gustaría, así que he escrito un texto en el que los personajes se cuentan argumentos de obras que yo no escribiré. Es una obra testamentaria y con autorreferencias. Uno de ellos dice: un dramaturgo, sintiendo que está al final de sus días, cuenta argumentos a una joven dramaturga para que ella los desarrolle.
Andrea Jiménez: Pues, por favor, sellemos este pacto ahora mismo.
Juan Mayorga: Es que más que escribir, yo reescribo, estoy en permanente combate con mis textos. Imaginar experiencias escénicas es algo maravilloso. Yo, al igual que Andrea, he ido abriendo mi mirada para descubrir formas teatrales y lenguajes que aprecio y amo, pero que yo no puedo practicar porque no creo estar especialmente dotado para ellas.
JUAN MAYORGA

Formado en matemáticas y filosofía, Juan Mayorga (Madrid, 1965) es uno de los autores contemporáneos en lengua castellana más traducidos y representados. En sus más de 40 obras defiende un teatro de acción, emoción, poesía y reflexión que indaga en los aspectos más esenciales (y, a veces, sombríos) del ser humano en su lucha por combatir la barbarie a través de la cultura. Desde su eclosión en los 90, su dramaturgia ha ido evolucionando del drama historicista (Himmelweg, La tortuga de Darwin, El cartógrafo) a la comedia (La boda de Alejandro y Ana, Las últimas palabras de Copito de nieve), las piezas breves y las historias más políticas (1936, actualmente en gira) y cotidianas (María Luisa, Los yugoslavos), en muchas ocasiones dirigidas por él mismo. También ha adaptado textos de Eurípides, Calderón, Dostoyevski, Valle-Inclán, Ibsen o Shakespeare, como la versión de El Rey Lear (2008) que Andrea Jiménez utiliza en Casting Lear.
Ganador de varios Premios Max, Mayorga ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Teatro (2007), el Premio Nacional de Literatura Dramática (2013), el Premio a Mejor Guion en el Festival de Cine de San Sebastián (2012), el Premio Princesa de Asturias de las Letras (2022) y la Medalla SGAE del 125º aniversario. Desde 2019 ocupa la silla M de la Real Academia Española, cuyo discurso de ingreso transformó en el monólogo Silencio. Es director del máster de creación teatral de la Universidad Carlos III y director artístico del Teatro de La Abadía de Madrid.
EL TEATRO QUE NOS MUEVE

El (buen) humor como canal de diálogo
Juan Mayorga siente un interés especial hacia “el teatro que da cuenta de nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, de nuestra aspiración a la dignidad y a la belleza”. El genio madrileño confiesa que lo mueve “el teatro atravesado de acción, emoción, poesía y pensamiento. Lo más importante en un escenario es la acción movida por un deseo que nos lleva a tomar decisiones que ponen en peligro a otros y a nosotros mismos”.
Andrea, ¿colocas tú también el deseo en el centro?
Andrea Jiménez: Sí. Convocar a un equipo es una especie de tanteo de la convergencia, de encontrar a personas que quieran unirse. El deseo poderoso de estar sobre un escenario siempre es una condición previa. Pero en esta nueva vida en solitario que emprendo como creadora, tengo una especie de obsesión por los encuentros improbables, que no es otra cosa que el origen del teatro y de la democracia. Dos miradas irreconciliables en la palabra y que, sin embargo, coexisten en el tiempo. Algo que resumiría en una pregunta: ¿con qué otro me atrevo a dialogar y con qué otros no me atrevo? Quiero encontrar una vía para seguir siendo una interlocutora fiable y honesta para, por ejemplo, saber dirigir en teatro a una persona que, en el espacio público, está en una situación de mayor vulnerabilidad que yo.
“No hay nada más repugnante que alguien intente aprovecharse de la juventud mostrándose admirable o extraordinario” (Juan Mayorga)
Juan Mayorga: Estoy de acuerdo en que hay que adoptar una actitud hospitalaria y no invasiva. Conviene recordar que la juventud merece respeto. No hay nada más repugnante que alguien intente aprovecharse de la juventud mostrándose admirable o extraordinario. Como decía María Zambrano, el maestro no es alguien a quien preguntar, sino alguien ante quien preguntarse. Una escuela, y también un teatro, no debería ser el lugar de dominio de una generación sobre otra, sino el lugar de encuentro de dos generaciones.
Andrea Jiménez: Eso es algo que yo destacaría de Mayorga. Siempre me he sentido profundamente respetada sabiendo nuestra diferencia de edad, formatos y lenguajes. Sin embargo, en otras ocasiones sí que me he sentido como la directora joven que cumple una cuota dentro de una programación. Por eso cada vez admiro más la capacidad de quienes han sido mayores que yo y han podido ubicarme en el trabajo desde una mirada no condescendiente. Es un paso vital y existencial autorizar a otros a ser plenamente ellos en la diferencia contigo sin juzgarles, condenarles o guiarles por un camino concreto.
ANDREA JIMÉNEZ

Licenciada en Derecho y posgraduada en Artes Escénicas por la London International School of Performing Arts, Andrea Jiménez (Madrid, 1987) es directora, dramaturga, productora y actriz. Forma parte de una generación de creadoras interesadas en abrir nuevas vías de exploración en la práctica escénica y cuyos espectáculos no se adscriben a los constreñidos límites de los géneros y disciplinas teatrales. Junto a Noemi Rodríguez fundó en 2012 la compañía Teatro En Vilo (Premio Ojo Crítico de Teatro 2019), con la que ha estrenado espectáculos como Blast, Hoy puede ser mi gran noche, Man Up o Generación Why, donde el humor y la irreverencia siempre están presentes.
Sus trabajos se caracterizan por profundizar en la brecha que separa realidad y ficción, palabra y performance, verdad y mentira, para hablarnos del aquí y el ahora en permanente diálogo con el contexto social y con un importante peso de la mediación artística. En Casting Lear, que se interpreta cada noche con un actor diferente, echó mano de su biografía para sacar a la luz una relación paternofilial de encuentros y desencuentros.
Sus obras se han podido ver en teatros como el CDN, Teatro Español, Teatro de La Abadía, TNC y en festivales internacionales como el Festival de Otoño, el Festival Grec, el Be Festival, el Edinburgh Fringe o el Mimetic Festival. Actualmente dirige Vulcano, de Victoria Szpunberg, autora con la que ya trabajó en Mal de coraçon, al tiempo que prepara un proyecto inspirado en Antígona.
LA RELACIÓN CON EL PÚBLICO

Jiménez charla con Mayorga en el patio de butacas
“Cuando empecé a hacer teatro, me relacionaba con una idea de espectador mucho mayor que yo”, recuerda Andrea Jiménez. “Ahora eso se ha igualado, me encuentro a gente de mi edad y siento que me relaciono con espectadores y programadores como yo. Respecto al frenetismo de esta vida contemporánea, para mí el teatro son los cuerpos presentes en una sala, y eso sigue siendo milagroso y excepcional. Cualquier forma de teatro que se haga cargo de la presencia de esas personas, sea ultra tecnológica, literaria o performática, la defenderé con mi cuerpo, aunque no sea la mía”.
Juan, a lo largo de tu carrera, ¿crees que ha evolucionado el público teatral?
Juan Mayorga: Me parece impresionante el hecho de que una gente se reúna y haya una, dos o tres personas que salgan y convoquen las miradas y los oídos. Percibo gratitud, emoción y expectación en el espectador de hoy. Creo que vivimos un redescubrimiento del teatro. En este tiempo en que estamos atravesados por pantallas y algoritmos, que de pronto la gente salga de su casa y se reúna en un lugar y acuerde respeto me parece muy emocionante.
“Estoy comenzando a abrir la puerta internacional de ‘Casting Lear’ y prepararla en otros idiomas” (Andrea Jiménez)
¿Cuáles son vuestros proyectos más inminentes?
Juan Mayorga: Además de la gira de La colección y de recitar La gran cacería [2023], que nació de un insomnio, estoy ensayando con Javier Gutiérrez, Luis Bermejo, Natalia Hernández y Alba Planas Los yugoslavos, que estrenaremos el 22 de mayo en La Abadía. Tiene mucho que ver con el hecho de que soy nieto de un hombre, mi abuelo Goyo, que venía a casa contando las historias que escuchaba o le contaban en el bar que tenía en Madrid, El Tranvía, en la calle Marqués de Cubas. Es una historia sobre el amor, la tristeza y el poder de la palabra a partir de un barman y su cliente. Además, el próximo año me gustaría montar El jardín quemado [2001], una obra mía que no es nueva, pero que tengo mucho deseo de hacer.
Andrea Jiménez: Hasta el 13 de abril dirijo Vulcano, de Victoria Szpunberg, en el CDN. Es uno de estos proyectos que tienen que ver con ese deseo de encuentro ya no solo en el escenario, sino también fuera de él. Es un híbrido entre mi forma de crear, jugar e inventar premisas y la de Victoria, que es alguien que trabaja sentada en una mesa con una escritura muy matérica en la que se intuyen el cuerpo y la dirección. Siento que somos dos grandes conversadoras, con dos lenguajes distintos, que se preguntan sobre la historia de una familia que ha vivido un trauma y de cómo se cuentan a sí mismos, y a los otros, con las posiciones de víctima y culpable. Por otro lado, estoy comenzando a abrir la puerta internacional de Casting Lear y prepararla en otros idiomas. Y también estamos estudiando su regreso a Madrid.
‘LA COLECCIÓN’ EN GIRA

Juan Mayorga es autor y director de este espectáculo, con un elenco liderado por Ana Marzoa y José Sacristán. Una pareja de coleccionistas de arte busca a alguien que herede su tesoro; es una obra sobre el matrimonio, el paso del tiempo y la misteriosa relación entre las personas y los objetos. Puedes verla próximamente en plazas como: Las Palmas (28 y 29 de marzo), Murcia (5 de abril), Ávila (26 de abril), Talavera de la Reina (27 de abril), Córdoba (30 de abril), Albacete (8 de mayo), San Sebastián de los Reyes (10 de mayo), Toledo (16 y 17 de mayo), Molina de Segura (23 de mayo), Cádiz (28 de mayo), Rivas (31 de mayo) o A Coruña (13 y 14 de junio).
‘CASTING LEAR’ EN GIRA

Andrea Jiménez escribe, dirige y protagoniza este espectáculo, autoficción a partir de un clásico o bien clásico autoficcionado. La autora escoge al Rey Lear para representar la figura de su padre, interpretado por un actor distinto en cada función. “La obra aspira a ser una puerta abierta para pensar cómo nos relacionamos con nuestros padres, los biológicos, pero también los metafóricos, incluido el mismo William Shakespeare”, dice ella. Algunas de sus próximas convocatorias: Sevilla (28 y 29 de marzo), Alcobendas (4 de abril), Pozuelo de Alarcón (5 de abril), Ourense (10 de abril), A Coruña (11 y 12 de abril), Palencia (24 de abril), Laguna de Duero (25 de abril), Salamanca (26 de abril) o Córdoba (9 de mayo).
+ ‘VULCANO’
Andrea Jiménez dirige este texto de Victoria Szpunberg, recientemente estrenado y en cartelera. Si quieres más información, visita el reportaje que le dedicamos en este mismo número
Firma invitada
Pablo Giraldo (Avilés, 1985) es periodista cultural, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y La Sapienza de Roma. Es colaborador habitual de la revista Vanity Fair y ha escrito para medios como Shangay, JotDown, RBA, S Moda o El Español, entre otros. También ha trabajado para festivales de artes escénicas como Madrid en Danza, Festival de Otoño y FIOT y ha sido director de comunicación del Teatro Kamikaze.
En Cultura Revista SGAE nº14 habló con Rakel Camacho. Recuérdalo aquí
Fotografías
José Pindado (reportaje)
Javier Naval (La colección)
Sergio Parra (Casting Lear)
Enlaces
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PROGRAMADO POR... ANGÉLICA LIDDELL

La Fundación SGAE presenta Programado por… Angélica Liddell, un ciclo en el que la creadora, actriz y directora escénica, ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática y el León de Plata de la Bienal de Teatro de Venecia, mostrará cinco de las películas que más influyeron en determinados momentos de su vida y en su visión artística: Zoo. A zed & two noughts (Peter Greenaway, 1985); Taiji ga mitsuryô suru toki (El embrión es un cazador furtivo) (Koji Wakamatsu, 1966); The act of seeing with one’s own eyes (Stan Brakhage, 1971); Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972) y Mademoiselle (Tony Richardson, 1966).
Las películas se podrán disfrutar del 1 al 5 de abril de 2025, en doble sesión, en nuestra Sala Berlanga de Madrid (c/ Andrés Mellado, 53). Toda la info sobre horarios y entradas está aquí.